Cuba y las sanciones virtuosas

Por Julio M. Shiling

Este artículo es el segundo de una serie de tres. Están conectados por el tema central que es el restablecimiento de las relaciones entre los EE UU y Cuba. El primero presentó su argumento desde un ángulo de practicidad. El segundo defiende el principio de las sanciones. El tercero resumirá la premisa desde una óptica ética.

Se dice que, históricamente, las primeras sanciones las impuso el ateniense, Pericles, contra Megara en 432 a. C. Todo el tiempo transcurrido no ha logrado concretar un consenso exacto dentro de las ciencias sociales y las humanidades en cuanto a la “efectividad” de sanciones como una herramienta para producir, o contribuir a que se produzca, un cambio de régimen político. Esta diversidad de criterio se puede atribuir a tres factores principales: (1) la inclinación ideológica del observador y el régimen particular sancionado; (2) la voluntad del que impone las sanciones para producir los resultados deseados; y (3) la cohesión dentro del mundo libre para reforzar dichas sanciones.

Immanuel Wallerstein, sociólogo norteamericano de formación marxista, categorizó la movida por parte del gobierno de Barack Obama de restablecer relaciones con Cuba comunista como “la decisión de política exterior más favorable que este (Obama) había tomado en su presidencia”. Interesantemente, treinta y ocho años antes y en esa ocasión tratándose de Sur África racista y no un régimen marxista-leninista, el promotor de la teoría del sistema-mundo recetó sañudamente sanciones draconianas para propulsar un cambio socio-político. Así lo expresó Wallerstein:

Sorprendentemente, se argumenta que el fortalecimiento de la base económica del régimen del apartheid blanco, de hecho, traería cambio. Esto no tiene sentido y los que lo dicen lo saben…La inversión norteamericana continuada en Sudáfrica, en cualquier forma, es apoyo norteamericano continuado al régimen en el poder. Aquellos que deseen apoyar el cambio en Sudáfrica tienen sólo dos maneras de lograrlo: (1) la asistencia activa al movimiento de liberación; (2) una convocatoria para que los Estados Unidos inicie la desinversión económica y el distanciamiento político del actual Estado sudafricano. El resto es un sofismo.

La paradoja que Wallerstein exhibe refleja una consistencia ideológica pero una inconsistencia moral y ética. Este fenómeno, lamentablemente, tipifica el entorno político, académico y cultural en cuanto al criterio de si están a favor o en contra de aplicar sanciones. Lo fundamental para entender esta aseveración, no es si las sanciones son efectivas o no, sino sobre quién se van aplicar. Ahí la subjetividad ideológica (o los intereses comerciales) se antepone.

Ahora bien, ¿funcionan las sanciones como una instrumentación para producir un cambio de régimen? Wallerstein, sin duda, estaba convencido de que sí funcionaban, de lo contario, la lucha armada o la conspirativa, serían los otras únicas vías factibles para lograr cambios sistémicos cuando la dictadura política se extiende en la esfera social, como era el caso de Sur África racista, como lo fue con el fascismo y lo sigue siendo con el comunismo (del siglo XX y XXI). Reiteramos el punto de que el connotado sociólogo estadounidense quería que se derrocara el sistema de apartheid sudafricano pero no el comunismo cubano. Lo que enmendó no fue su lectura del efecto de las sanciones. La confianza en la capacidad de las mismas para ayudar llevar a la extinción a un poderío político indeseado ha permanecido inmutable. Es la retórica, modulada por la selectividad ideológica, lo que vemos ajustarse.

El Congreso de los EE UU, el 10 de octubre de 1978, le declaró la guerra económica a la dictadura de Idi Amín, pese a las objeciones del Presidente Carter. Seis meses después, su régimen dictatorial en Uganda se desplomó. Los EE UU actuó unilateralmente, sin la aprobación de la comunidad internacional o las Naciones Unidas. La rama legislativa norteamericana, de manera bipartidista, actuó para ayudar producir un cambio de régimen por medio de sanciones económicas. Aunque es innegable que cambios sistémicos tienden a ser fenómenos coyunturales, también es difícil de cuestionar el impacto que tuvo el cerco comercial de los EE UU hacia el régimen de Idi Amín. Sur África es prueba fehaciente de que sanciones, definitivamente, trabajan. El caso de Uganda lo reitera, incluso, cuando es aplicado unilateralmente (y con ganas) por una superpotencia como los EE UU.

La Sociedad de Naciones (“SDN”) (o Liga de las Naciones), criatura del Tratado de Versalles de 1919, fue fundamentada con el principio de las sanciones como mecanismo para producir cambios políticos y así evitar tener que ir a la guerra. Woodrow Wilson, el autor intelectual del organismo que fue el preludio de la ONU, fue un creyente dogmático en los boicots absoluto contra regímenes, recalcitrantemente aferrados a la práctica de desestabilizar las democracias. Benito Mussolini puso a prueba la disposición de la SDN cuando Italia fascista invadió lo que es hoy Etiopía. Gran Bretaña y Francia ambivalentemente sabotearon las sanciones. Las mismas no impidieron la agresión del fascismo italiano contra Etiopía. Eso es cierto. También es cierto, sin embargo, que un costo a la maquinaria expansionista de la dictadura mussoliniana sí le transmitió. Cuán influyente habrá sido eso en limitar los planes africanos de Il Duce nunca lo sabremos.

El caso de las sanciones de la SDN contra Mussolini, si se fueran a catalogar como un “fracaso”, sería porque las expectativas de dicha acción fuese la desarticulación total de la incursión italiana en África y nada más. Juzgadas así, la negligencia de los miembros democráticos europeos de más influencia dentro del organismo (Francia y Gran Bretaña) y la renuencia de los mismos de aplicarlas con los colmillos inherentes (excluyeron petróleo por ejemplo), en efecto, sabotearon los propósitos principales de las medidas punitivas. Sanciones sin entusiasmo y sin voluntad política, en verdad, no tienen los efectos máximos. Sin embargo, eso no quiere decir que fueron inefectivas. Sería injusta (e incompleta) una apreciación que ignorará los impactos colaterales favorables como, por ejemplo, la elevación de los costos de operación de una dictadura. Esto nos lleva al punto seminal del principio de las sanciones.

Toda dictadura se mantiene en el poder de acuerdo a su capacidad para coartar exitosamente toda oposición política. El despotismo totalitario es, particularmente, más costoso de mantener porque es más ambicioso en su proyecto político y subsecuentemente, requiere más control sobre lo más elemental del ciudadano a pie. Todo eso cuesta dinero y mucho del mismo. Sanciones le niegan recursos esenciales a una dictadura. Frustran proyectos hegemónicos y les reducen alternativas para sustentarse en el poder. Tan sencillo como eso. ¡Reprimir, valga la redundancia, requiere capital! La permanencia en el poder de dictaduras totalitarias, en ningún caso, ha sido atribuible a la capacitación del régimen de mantener fuera de su territorio a turistas, empresas, créditos o tecnología de países democráticos. Más bien han apuntado, como medida de salvación estratégica, precisamente el abrir la puerta a esos cuartos elementos mencionados. El razonamiento dictatorial es fácil de entender: del exterior democrático y capitalista, incluyendo naturalmente la diáspora, llega el dinero necesitado para alimentar la maquinaria dictatorial y represiva que es la variable más potente para explicar la supervivencia despótica.

Cuba comunista lleva años invirtiendo enorme sumas de dinero intentando impactar la opinión pública del mundo democrático a favor de que los EE UU remueva las sanciones contra su dictadura. Ha sido y sigue siendo la campaña medular de su política exterior. Si las sanciones norteamericanas contra el castrocomunismo son tan inefectivas, ¿por qué tanto énfasis en removerlas? ¿Por qué tanta obsesión con el “embargo”? A caso, ¿no le sobran a Cuba problemas? ¿No tienen nada mejor que hacer?

Las sanciones que existen, por parte de los EE UU contra el régimen comunista cubano, sí le preocupan a la dictadura de La Habana, porque las sanciones si funcionan. Esto es el caso a pesar de todos los enormes agujeros que numerosas administraciones estadounidenses, acumulativamente, le han infligido a las sanciones. La deuda del castrismo con Argentina por comprar productos de empresas norteamericanas (deuda adquirida durante el régimen militar) y los cuatro mil millones de dólares en compras directas de productos agrícolas estadounidenses desde 2000, da testimonio que las sanciones a través del tiempo han sido descolmilladas. Pudiéramos añadir la deuda castrista con los bancos del Club de Paris y el inaplicado Capítulo III de la Ley Helms-Burton, como otras muestras más (podíamos seguir) de que las sanciones norteamericanas contra el régimen castrocomunista no han sido draconianas como hubiera requerido ser el caso, sí el claro objetivo era el producir un cambio de régimen. ¿Han sido inútiles? Por supuesto que no. La contaminación del comunismo cubano en las Américas hubiera sido mucho más dañina de no habérsele ocasionado una limitación a las divisas de los EE UU (ciudadanos, empresas, banca, etc.). Las modestas modificaciones en la economía y la tolerancia selecta de la dictadura cubana son productos fructíferos de las sanciones.

El régimen castrista conoce bien la importancia de sanciones para facilitar cambios políticos. Son sanguinarios pero no son bobos. El 14 de marzo de 1958 el gobierno de Dwight Eisenhower impuso, unilateralmente, un embargo de armas contra la dictadura de Fulgencio Batista. Esto fue el resultado de un largo proceso de cabildeo por parte de partidarios de los insurgentes. Menos de diez meses después, Castro estaba en el poder. Sanciones funcionan. Si quieren que trabajen mejor, la clave está en aplicarlas integralmente. Aún ejercidas con flojera, sirven el propósito de negarle fondos necesarios al represor. Lo virtuoso de las sanciones, tiene a los maleantes del mundo como sus mejores testigos de que sirven. Todos quieren que se las quiten. La dimensión de su efectividad está en la rigurosidad de su implementación. Todo el resto es sofismo.

Acerca del Autor
Julio M. Shiling es escritor, politólogo y Director de Patria de Martí (www.patriademarti.com). Su último libro es Dictaduras y sus paradigmas: ¿Por qué algunas dictaduras se caen y otras no? Nació en La Habana, Cuba y reside en los EE UU.

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