“Los mejores años de nuestra vida “

 

( Segunda parte )

Los Pactos de La Moncloa comprometen a todos los partidos parlamentarios, incluidos los comunistas, y a los sindicatos a repartir equitativamente los sacrificios derivados de la crisis entre todas las clases sociales.

La elaboración de la Constitución tampoco hubiese sido posible sin hacer tabla rasa de los delitos políticos cometidos durante el franquismo.

Por eso se aprueba una amnistía tan generosa que permite que, por primera vez en nuestra historia democrática, no haya un solo preso por razones políticas.

Quisiera aprovechar la presencia aquí de los Embajadores europeos para recordar que los españoles contamos con el asesoramiento y apoyo de muchos de los partidos políticos y de las fundaciones de los países a los que representan. Nos ayudaron a recorrer un camino que nunca habíamos transitado y a esquivar muchos obstáculos que hubiesen podido detenernos o atrasar la marcha.

Las claves de la Transición

He procurado contarles hasta aquí cómo viví yo la Transición española. Me importa ahora intentar descifrar las claves que la hicieron posible.

La Transición española fue posible en virtud de un principio (el respeto a la legalidad), gracias a un método (el consenso) y, sobre todo, porque todos decidimos evitar la confrontación y establecer la concordia civil.

De la ley a la ley. La Ley para la Reforma Política a la que anteriormente me he referido, apuesta por la adaptación de las instituciones, no por la ruptura del ordenamiento institucional anterior.
Se debate y se vota en las Cortes heredadas del franquismo. Y fue defendida por Miguel Primo de Rivera, sobrino del fundador de la Falange, que dijo: “ Es necesario pasar de un régimen personal a un régimen de participación, sin rupturas y sin violencias.”

La Ley se somete a referéndum popular. Y, en efecto, la inmensa mayoría de los españoles votamos SÍ al proyecto de cambio que la Ley suponía.

Y así se hizo luego todo lo demás: la Ley reguladora del derecho de reunión, la Ley sobre el Derecho de Asociación Política, la Ley de regulación del derecho de asociación sindical, la legalización del Partido Comunista, etc.

El consenso. El cambio político fue posible porque así lo quisimos todos. El deseo de reconciliación, el propósito de anteponer los intereses comunes a los intereses de partido y, finalmente, la voluntad de apelar a la Historia -no para abrir heridas sino para cerrarlas- fueron virtudes compartidas por todas las fuerzas políticas. Los españoles decidimos superar definitivamente la Guerra Civil y abrir un futuro compartido.
La Constitución de 1978, como dijo Enrique Tierno Galván, uno de los líderes socialistas de entonces, “ es la primera Constitución europea que se manifiesta como un conjunto coherente y articulado de concesiones. Estas concesiones que unos nos hemos hecho a los otros no son debilidades, son generosidades; generosidades que sólo pueden tener un motivo para todos: el deseo de que la democracia siga adelante, que la Nación recobre la estabilidad, que se coloque en una situación fructífera generalizada para todos sus miembros, y que no volvamos de ninguna manera a los males del pasado.”

Un mandato social: establecer la concordia. Cuando hablo de un mandato social, quiero expresar una realidad que era muy poderosa en aquellos años: la sociedad civil toma la palabra prometida por el Rey y Suárez, y se convierte en actor principal de la Transición, trasladando en todo momento su deseo de concordia.
Es decir, la actitud aperturista y el reconocimiento por el gobierno del papel de la sociedad civil como interlocutor se ven premiados por una respuesta generalizada a favor del acuerdo, la reconciliación y la concordia.

Lo sintetizó muy elocuentemente Adolfo Suárez, en 1976, al decir:

“ Pertenezco por convicción y talante a una mayoría de ciudadanos que desea hablar un lenguaje moderado, de concordia y conciliación”.

Conclusiones

En 1978, apenas tres años después de la muerte de Franco, en España se legalizaron los partidos políticos. Se establecieron la plena libertad sindical y de prensa. Se celebraron elecciones libres, generales y municipales. Se negociaron y firmaron los Pactos de La Moncloa. Y se eligió un parlamento que elaboró una nueva Constitución.

Los líderes políticos buscaron el bien común. Renunciaron los que tenían la mayoría a imponer a la minoría una Constitución partidista. Quisimos hacer una Constitución para todos. Escogimos de la memoria y de la historia aquello que favorecía la integración, no lo que dividía a la sociedad. No quisimos convertir el parlamento en el lugar donde se debatía la historia.

El siguiente texto de la filósofa Adela Cortina expone muy acertadamente cómo es posible replicar esa tarea en cualquier punto de nuestro mundo global:

“Todos los códigos morales realmente vivos consideran que es injusto que las gentes mueran de hambre o de sed, cuando hay medios más que suficientes para que todos vivan con dignidad. Que es injusto que algunos carezcan de vivienda, que no tengan atención sanitaria, que no reciban una educación de calidad, que queden abandonados cuando ya son ancianos o están enfermos. Que es injusto que una persona no pueda expresarse libremente, asociarse con quien lo desee, desplazarse por un territorio, que nadie le defienda si es acusado. Que es injusto que unos hombres hagan esclavos a otros, que unas personas sean consideradas inferiores a otras por su religión, por su sexo o por su raza. Que son injustos la violencia del maltrato, los castigos físicos, la tortura y el terrorismo.”

Naturalmente, la construcción de una ética cívica tiene grandes dificultades. La tentación de monopolizarla o de imponer un proyecto único a todos los ciudadanos es grande. Y lo es tanto por parte del Estado como por parte de todos los grupos que creen tener algo que ofertar.

Es muy difícil convencerse de que el pluralismo es una riqueza, es muy difícil darse cuenta de que otros puedan tener un punto de vista distinto, del que se puede aprender y con el que hay que convivir.

Termino

La perspectiva histórica que me da haber vivido el franquismo, haber participado activamente en la Transición y haber visto en lo que se ha convertido mi país en estos ya casi cuarenta años de democracia, me permite afirmar que, a pesar de las dificultades que hemos pasado, el esfuerzo ha merecido la pena.

Como dice Julián Marías con acierto:

“Los españoles no estamos de acuerdo –gracias a Dios-. Ningún pueblo lo está. El desacuerdo es inevitable y maravilloso, siempre que no roce la concordia, la decisión inquebrantable de no romper la convivencia.”

Muchas gracias

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