Magnifico relato.

 

                                            por Esteban Fernández

 

   LOS MÉDICOS EN U.S.A.

Para comenzar tengo que decirles que el 99 por ciento  de nosotros los cubanos nos creemos médicos, hablamos entre nosotros de medicina, sabemos recetarnos y allá en nuestro país antiguamente compartíamos “de tú a tú” con el facultativo que nos atendía. Por lo tanto el choque cultural con el M.D. norteamericano es inevitable. Desde que le decimos: “Doctor, I have and OPEN DOLL (“muñeca abierta” en cubano) y necesito me recete Iboprofen de 800 mg.” el médico graduado en Estados Unidos nos mira sorprendido y nos dice: “Y ¿dónde usted estudió su carrera?”

 

 

Los doctores allá en la Cuba de ayer me acostumbraron muy mal y me malcriaron tanto que NUNCA PUEDO ACEPTAR CON BENEPLÁCITO A LOS MÉDICOS EN ESTE PAÍS. Vaya, allá yo tenía un catarro, fiebre y tos y el galeno venía a mi casa,  me chequeaba, me daba unas cuantas pastillas, me recetaba una inyección y me trataba con inmenso cariño y una sonrisa en su cara. Le decía a mi madre: “Ana María, hágale una sopa de pollo a Esteban de Jesús” y mi papá tenía la gentileza de cargarle su maletín hasta el carro.

 

 

Aquí yo tengo fiebre de 101 y tengo que levantarme e irme al doctor. Si es un fin de semana hay que esperar hasta al lunes o ir a EMERGENCIA, y eso no se lo recomiendo ni al peor de mis enemigos. Llego a la consulta del Doctor y aquello está lleno de enfermos. Inmediatamente me parece que yo estoy mejor físicamente que todos los presentes y que seguramente me “van a pegar lo que ellos tienen”.

 

 

Me recibe una muchacha joven pero que luce un poco incómoda y eso lo entiendo porque ¿Cómo no va a estar amargada, la pobre, rodeada el día entero por personas tosiendo y quejándose? Además, como yo me siento muy mal tampoco me gustaría ver a la recepcionista riéndose y contenta de la vida.

 

 

Me pregunta “¿Qué le pasa?” Y en primer lugar me parece obvio lo que me pasa, estornudando y sonándome la nariz a cada segundo, y en segundo me cae como una patada tener que explicarle a nadie que no sea el médico lo que me sucede. Pero le digo de mala gana “Creo que tengo tuberculosis, mal de sambito y levemente hinchado el testículo izquierdo” y la muchacha sin inmutarse me dice: “Tome asiento”. Me cobra y esto es adicional a lo que paga mi seguro. Eso se llama “copay”.

 

 

Antes de sentarme cojo una revista. Total ya por experiencia sé que no voy a leer nada. Me es imposible concentrarme en la revista con el desespero que me entra por acabar de ver al médico e irme a acostar tranquilo en mi casa. Encima de eso, los magazines que tienen ahí son una basura y me perturba la idea en la cabeza de que “deben  tener 20 mil microbios de los pacientes que han tocado esas revistas antes que yo”.

 

 

Después de una hora una enfermera casi grita: “¡Esteban Fernández!” y  ya estoy seguro de que voy a ver inmediatamente al médico. Pero de eso nada, me meten solito en un cuartito muy chiquito que en la puerta  dice “waiting room”.

 

 

Ahí descubro que además de catarro yo padezco de ansiedad, de claustrofobia, de paranoia, de terror a la soledad y de delirium tremen. En ese momento traigo a mi mente a Eddy Carrera, a Gerardito González, a René Cruz, a  Armando Valladares, a Eusebio Peñalver, Nino Cardoso, Ernesto Díaz Rodríguez y a cuanto ex preso político yo recuerdo para decirme: “Compadre, si esta gente estuvo un montón de años encerrados en las cárceles castristas ¿por qué tu no puedes estar aquí media hora?” Y eso me tranquiliza un poco.

 

 

De pronto, entra el doctor, me toma la presión (que no tiene nada que ver con el flu que yo tengo) me pone el termómetro en la boca, me dice: “Ahora tienes un poco de fiebre”. Me receta un montón de antibióticos. Yo le pregunto: “Doctor ¿me puede poner una inyección porque todas esas pastilla me rompen el estómago?”. Tajante me dice: “No señor, vuelva el próximo lunes si sigue con malestares y te hacemos exámenes de sangre, radiografías y entonces te refiero a un especialista”  Y me parece como que el galeno tiene más claustrofobia que yo porque sólo estuvo tres minutos en el cuartito conmigo. Al salir de la farmacia me doy cuenta que he gastado más que una vez que fui  a Las Vegas a ver a Elvis Presley. 

 

 

Y ese es el preciso momento en que tengo ganas de gritar: “¡Gloria eterna para los galenos Papín Montes, Aldo Iruela, Emilio Trujillo, Simón, Garcés, Galainena, Balanza, el “Polacero”, quienes al despedirse de mi casa le estrechaban la mano a mi padre  y hasta con pena les decían: “Esteban, son dos pesos, pero si no los tienes olvídate de eso”. Antes de una hora llegaba la gloriosa enfermera Olga Marrero y me ponía una penicilina y sanseacabó el asunto. Y ¿por qué gloriosa? Bueno, eso pregúntenselo al resto de las valientes ex presas plantadas.  

 
 

 

 

 

   
 
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