Esteban_Fern_ndez 

 por Esteban Fernández

 

     “EL CHE” Y “LA CHINA” 

 

Sería completamente injusto decir que los Comandantes del Ejército Rebelde les eran repulsivos al pueblo cubano en 1959. Al contrario, se hicieron famosos en un dos por tres.  Y caían simpáticos. Yo no participé en ese embelesamiento colectivo pero  tengo que reconocer que así fue.

 

 

Nos disparamos varios meses, quisiéramos o no, donde los veíamos hasta en la sopa, era muy difícil sintonizar la televisión sin ver la cara sonriente y bonachona de algún oficial vestido de verde olivo siendo entrevistado. Hasta capitanes como Felipe Guerra Matos, Juan Nuiri y  Antonio Núñez Jiménez   tambien se hicieron conocidos.

 

 

Había un par de Comandantes llamados Camilo Cienfuegos y  Rolando Cubela que muchas muchachas se volvían locas por ellos. La nación casi en pleno se desbordó en un encanto y enamoramiento injustificado con los barbudos.

 

 

 

Sin embargo, hay una regla de oro de la idiosincrasia cubana que dice que: Es preferible ser malo mejor que ser pesado. Y el que liga el parlé con ambos defectos lo discriminamos muchísimo más que al pobre enfermo de lepra o al asaltador de bancos.

 

 

 

Y  así  fue con Raúl Castro y con el argentino Ernesto Guevara. Ustedes hagan memoria sobre la etapa inicial para poder pasar a preguntarles: ¿Alguien escuchó a un compatriota (incluyendo hasta a la más coqueta de las mujeres) decir: “¡Qué lindos, qué simpáticos, qué graciosos, qué agradables son Raulito y Ernestico!”?…

 

 

 

De eso nada, a la población cubana ambos les cayeron como el clásico hígado frío a las 12 de la noche.   Y a eso había que agregarle que en una revolución y un ejército presumiendo de machos y considerados “triunfadores de una guerra”, Raúl tenía un tipo de cherna solamente superado por “Liberace”. 

 

 

 

Al argentino, mientras tanto, se le salía por encima del hediondo uniforme su arrogancia y su firme creencia de que era “superior en todos los sentidos” al resto de sus compañeros de armas y, de paso, del pueblo cubano en pleno.

 

 

 

Es decir, que mientras una abrumadora mayoría se desvivía en guataquerías para con los barbudos, al Che lo consideraban un engreído y a Raúl -quien obviamente lucía un pajarraco con su cola de caballo- los cubanos (por su cara lampiña, sus ojos rasgados y oblicuos y  por su amaneramiento) enseguida comenzaron a llamarlo “La China”…

 

 

 

El tirano, para ver si podía evitarle la fama de homosexual a Raúl, dictó la orden de que se casara con Vilma Espín. Pero eso no funcionó. Tanto es así que todavía, a estas alturas, existen muy pocos compatriotas que no crean que el tipo apunta y banquea…

 

 

Guevara tampoco pudo quitarse de encima su bien ganado “estigma” de ser un bofe. Y se acentuó después de aquel inolvidable día en que, ante las cámaras de televisión, increpó al locutor Germán Pinelli cuando lo llamó por su apodo, y le dijo: “¡Yo soy el Che para mis amigos, usted me tiene que llamar Comandante Doctor Guevara!”… Encima de eso hace patente su desdén y desprecio por los cubanos firmando los billetes nacionales con su seudónimo.

 

 

 

Los sentimientos del 99.9 de los cubanos con respecto a ambos renacuajos  fue todo lo contrario de “amor a primera vista”, fue  un odio instantáneo. Y aquellos que estuvieron observando el desarrollo de los acontecimientos en esa época saben que el baño de sangre iniciado por la loca en Santiago de Cuba y el genocidio del atorrante en La Cabaña no los ayudó en nada a ganar un concurso de simpatías en la nación.

 

 

 

Al contrario, hoy en día y sin temor a equivocarnos podemos darles los títulos de los dos hombres más repugnantes- seguidos muy de cerca por Faure Chomón- que han pisado la tierra cubana. Vaya, hicieron lucir  gracioso hasta a Valeriano Weyler.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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