En honor a los Hermanos al Rescate

 

Balseros cubanos son divisados a unas 40 millas al suroeste de Cayo Hueso por una avioneta de los Hermanos al Rescate, en esta imagen sin fecha.
Balseros cubanos son divisados a unas 40 millas al suroeste de Cayo Hueso por una avioneta de los Hermanos al Rescate, en esta imagen sin fecha.

PATRICK FARRELL / MIAMI HERALD

MIRAISY RODRÍGUEZ

Tenía cinco años de edad y estaba amarrada a un mástil junto a mi hermana, de tres años de edad. El mástil, para una vela que nunca fue muy útil, estaba en el centro de una balsa a la deriva en el Estrecho de la Florida.

No recuerdo las noches, pero me dicen que estaba tan oscuro que mi madre, sentada entre nosotras, no nos podía ver, solo nos sentía. No recuerdo si estaba mojada o tenía frío, pero mis padres me cuentan que las olas que nos pasaban por encima tenían 20 pies de altura. No recuerdo el sol, pero después de cuatro días en el mar, mi piel era mucho más oscura de lo que la mayoría de las mujeres pagaría por broncearse en un salón.

Si mi vida tuviera un fondo musical, la canción Nuestro Día de Willy Chirino sería una de las primeras en el álbum. Los dos primeros versos siempre me llenan los ojos de lágrimas y me recuerdan el peligro que mi familia corrió cuando los Hermanos al Rescate nos salvaron la vida. Los Hermanos al Rescate es la organización cuyos pilotos trataban de localizar a los balseros en el peligroso viaje desde Cuba a la libertad. Este domingo hizo 17 años del día en que cuatro de ellos fueron atacados en el aire por MiGs cubanos.

Cansado de vivir en un país donde lo perseguían por desaprobar abiertamente las odiosas políticas y tácticas del gobierno, mi padre, que entonces tenía 25 años, decidió que era hora de irnos. Mi madre se negó a quedarse con dos hijas pequeñas y ningún futuro. Así que después de escondernos en un barrio militar durante la mayor parte del verano de 1992, y seis después que el huracán Andrew destruyó Homestead, mi familia se fue de Cuba.

Salimos poco antes del amanecer de Varadero, una playa popular y muy patrullada. Nos fuimos en una balsa fabricada por mi padre con la ayuda de otros hombres que también se fueron con nosotros.

Éramos nueve, aunque casi llegamos a ser 10. Mis padres me contaron que un borracho que andaba por la playa nos ayudó a empujar la balsa lejos de la orilla, y después pidió que lo dejáramos ir con nosotros. Pero el agua y la comida que llevábamos estaban cuidadosamente racionadas para nueve. Nuestra embarcación, si se pudiera llamar así, estaba llena.

Solo recuerdo fragmentos de esa noche. Mayormente recuerdo la oscuridad, la hierba alta, corriendo en la arena, y mi hermanita llorando mientras mi madre trataba desesperadamente de calmarla.

Aunque pasaron cuatro días y dos noches más antes de que los Hermanos al Rescate nos divisaran, lo siguiente que recuerdo fue que estaba comiendo unos pastelitos deliciosos. Una persona humanitaria y creativa que iba en ese avión hizo un paracaídas con una caja de cartón llena de pastelitos cubanos de Miami, y la amarró a un verdadero mensaje en una botella. El paracaídas cayó al agua, lo bastante cerca para que uno de nosotros lo alcanzara.

Mi madre recuerda que fue la primera comida en casi una semana que mi hermana y yo no devolvimos.

La “botella”, un envase de plástico transparente con una etiqueta blanca y letras en rojo que decían Hermanos al Rescate, contenía un mensaje que nos hizo saltar de alegría a mi hermana y a mí: “No se desesperen, Dios está con ustedes y el guardacostas estadounidense ya viene de Cayo Hueso”.

Ahora tengo 26 años, y ese envase plástico ha tenido un lugar de honor en la cocina de nuestra familia desde hace más de 20 años.

Hoy está lleno de granos de café que mi tía envió de Cuba cuando supo que estábamos bien.

Desde el 24 de febrero de 1996, estos recuerdos están mezclados con la tristeza. Ese es el día en que oí que aviones militares cubanos derribaron a dos avionetas de los Hermanos al Rescate.

Tenía entonces 9 años, y no creo que entendí exactamente lo que había pasado. Todo lo que sabía entonces de los Hermanos al Rescate era que teníamos una de sus botellas en nuestra cocina, y que nos habían enviado unos pastelitos deliciosos cuando ya no podíamos comer la jamonada en lata que mi madre había tratado de darnos en la balsa.

Hoy soy una joven cubanoamericana a punto de graduarme en la Escuela de Derecho. Cuando veo el envase plástico, pienso en esos hombres que murieron en el ataque aéreo y me pregunto si serían los mismos pilotos que nos rescataron.

Nunca los conocí personalmente, pero tienen mi eterno respeto: Carlos Costa, Armando Alejandre Jr., Mario de la Peña y Pablo Morales.

Estudiante cubanoamericana de Derecho.

 

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