Pretendieron fusilar la libertad. La historia se repite.

Por: Julio César Gálvez.

Sección: Una isla perdida en el mar.

El eco de los disparos retumba en el silencio de la madrugada. En el cenit asoman los claroscuros que anuncian el amanecer de un nuevo día. España no se conformaba. Trataba de saciar su impotencia como fuera; y un grupo de jóvenes estudiantes de primer año de Medicina lo pagarían con su vida.

Eran tiempos de intolerancias e injusticias donde arrancar una flor, una sonrisa indiscreta o cuchichear al oído de otra persona podría ser interpretado como un desafío mortal.

Nadie los vio profanar la tumba del reaccionario periodista español Gonzalo Castañón. Muchos declararon su inocencia. El capellán del Cementerio de Espada, el celador, el conserje, los profesores Manuel Sánchez de Bustamante y Domingo Fernández Cubas, y hasta el propio hijo de Gonzalo Castañón, quien visitó Cuba en 1886, declaró públicamente que eran inocentes de la acusación.

La realidad fue falseada. Jamás pisotearon las coronas de flores, tiraron basura sobre las tumbas, pintarrajearan las paredes del camposanto o gritaran ¡ Abajo España ¡ El grave delito era vivir en una colonia que despertaba de su sojuzgada esclavitud y luchaba por su libertad. La guerra en la manigua cubana estaba en uno de sus mejores momentos y había que dar un escarmiento.

El castigo, como acto de cobardía e impotencia, cayó sobre ocho jóvenes estudiantes de Medicina que fluctuaban entre los 16 y  los 21 años, quienes maniatados, fueron fusilados el 27 de noviembre de 1871 contra la pared del barracón del Cuerpo de Ingenieros, en la explanada de La Punta.

La celebración de un juicio amañado, a pesar de la excelente defensa que de ellos hiciera el capitán español Federico Capdevila, uno de los vocales del tribunal actuante, quien poniendo por delante su honra  los declaró inocentes, fue anulado. Un segundo tribunal, del cual formaban parte los temidos Voluntarios, cumplió con la parte de la farsa, urdida por Dionisio López Roberts, Gobernador Político de La Habana.

En el colmo de la intolerancia, y mediante la realización de un sorteo, fueron escogidos los ocho estudiantes que fueran fusilados injustamente, de más de cuarenta que se encontraban detenidos por los sucesos del Cementerio de Espada.

Alonso Alvarez de la Campa, Anacleto Bermúdez, Eladio González, Ángel Laborde, José de Marcos Medina, Juan Pascual Rodríguez, Carlos de la Torre… y Carlos Vérdugo Martínez, quien se encontraba en la provincia de Matanzas el día de los supuestos delitos.

En mayo de 1872 el gobierno colonial dejó en libertad al resto de los acusados, sin embargo ante el temor que representaban las turbas de los Voluntarios, y para evitar un enfrentamiento que pudiera desencadenar en el asesinato de estos jóvenes, fueron deportados de por vida a España.

Siempre presentes en la historia de la Patria.

 

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