MI ENCUENTRO CON BISCET

 

 

 

 

 

 

Foto de mi encuentro con Biscet en su casa de La Habana

 

 

 

por Enrique Martínez Goicoechea

 

Ya he contado en algunas ocasiones mi encuentro con Óscar Elías Biscet antes de este último encierro de ocho años y las anécdotas que surgieron de esa vivencia. Con motivo de su liberación, y atendiendo algunas peticiones para que las narre por escrito, acepto la solicitud con verdadero placer porque me doy cuenta del privilegio que tuve al conocer personalmente, y parece ser que exclusivamente fuera de Cuba, a un hombre que es un santo y un héroe, las dos mayores cualidades que encumbran a la persona que las posee y le convierten en un ser privilegiado y excepcional, en un dios de la mitología griega o romana. Seguramente, si Óscar leyera esto rechazaría tales calificativos porque también le adorna la virtud de la modestia y aunque él sea consciente de la necesidad e importancia de lo que ha hecho – y precisamente por eso lo ha hecho – obra con la mayor sencillez y sin darle más importancia. Ni se cree un héroe ni un santo. Simplemente un hombre coherente con sus ideas que materializa a través de sus hechos.

 

Conocí a Biscet con motivo de un viaje que hice a Cuba en octubre de 1999 comisionado por Mª Paz Martínez Nieto, es decir, Mª Paz a secas como se la conoce a ambos lados del Atlántico. Se trataba de contactar con la disidencia cubana, pues quince o veinte días después se celebraría en La Habana la Cumbre Hispano Americana presidida por el Rey Juan Carlos I. En España gobernaba por entonces José María Aznar, un presidente con más fuste y fundamento que los otros presidentes de gobiernos socialistas que hemos padecido, tan proclives a darse abrazos con Fidel y a defender la dictadura castrista. ¡Qué le vamos a hacer! No todas las madres son perfectas, o al menos en todo momento. El caso es que mi misión consistía en anunciarles que se iba a aprovechar el evento para organizar una manifestación para que el mundo entero pudiera contemplar en sus televisores la discrepancia cubana y las protestas contra el régimen. De la filmación se encargaría una TV francesa que se encontraría con sus cámaras en una determinada plaza de la ciudad esperando el amotinamiento, y para que los cubanos pudieran identificarlos llevarían una gorra del Real Madrid en sus cabezas. Así, los congregados sabrían cuando comenzar la manifestación.

 

Mª Paz me pidió que conectara con determinadas personas para exponerles el plan, y entre ellas con Óscar Elías Biscet. Para pasar más desapercibido fui con mi mujer, como si fuéramos una pareja más de enamorados en plena luna de miel. Por ello, tras cumplir nuestra misión en La Habana continuamos viaje a Varadero para disuadir cualquier sospecha acerca de la finalidad de nuestro viaje, pero no coló. Aunque yo me sentía como un verdadero espía realizando una peligrosa misión al estilo de aquellos agentes que pululaban por Viena, Lisboa o Casablanca durante la II Guerra Mundial.

 

Volviendo a la Habana, entré en contacto con Biscet y quedamos para vernos. Yo le ofrecí cenar en el hotel o en cualquier paladar conocido de la ciudad. Oscar me dijo que no le era posible, que no podía salir. No entendí a que se refería, así es que acepté su invitación para cenar en su casa. Vivía confinado en casa de una señora mayor que había acogido a Óscar y a Elsa y allí  me lo explicó todo. Por aquella época, Óscar ya era un proscrito para el régimen castrista por lo que vivía recluido y permanentemente vigilado, sin ningún derecho, ni trabajo, ni casa, ni nada de nada. Nunca me sentí más seguro que con aquel delincuente que había tenido la osadía de condenar el aborto y proclamar el respeto por los derechos humanos. También Elsa fue expulsada de su trabajo en el hospital donde trabajaba de enfermera y ambos fueron relegados a la condición de parias. Óscar me contó como le detenían intermitentemente durante breves periodos y le soltaban para detenerle de nuevo pasados unos días. Entre junio de 1998 y noviembre de 1999 fue detenido 26 veces, por lo que mi encuentro con Biscet durante uno de esos interregnos fue pura casualidad. Me contó como le encerraban en celdas junto a locos peligrosos y que si ya era dura la incertidumbre en la que vivía, pendiente de su próxima detención sin previo aviso, más dura era la convivencia con aquellos dementes sin control donde pasaba verdadero miedo.

 

Al traspasar el umbral de la puerta y ver a Óscar por primera vez me encontré con una persona afable y sencilla que irradiaba paz y serenidad; un hombre en el que hubiera confiado desde el primer momento. Tal fue mi primera impresión. La conversación transcurría con facilidad y pronto nos encontramos charlando como buenos amigos, ansioso por transmitirle mi mensaje, pero más ávido por escuchar sus testimonios. Físicamente no era un hombre de complexión fuerte, y pensaba para mis adentros lo duro que debería ser para él poder soportar aquellos castigos. La señora que los acogía, se había retirado discretamente dejándonos a los cuatro charlando. Pasado un rato fuimos a la cocina para preparar la cena. Elsa nos ofreció un arroz blanco y nos pusimos a ello. Recuerdo que le enseñe a cocinar el arroz como en España, es decir, pasándolo por agua fría una vez hervido para quitarle el almidón y que quedara más suelto, pues en los restaurantes cubanos de Miami el arroz lo hacían excesivamente apelmazado y pastoso para el gusto español. No recuerdo si comimos algo más, pero fue suficiente. La cena nos supo a gloria y lo pasamos estupendamente. Durante la sobremesa continuamos charlando mientras sentía un cierto sobrecogimiento por las cosas que escuchaba. ¿Me parecía tan raro oír aquellas cosas? Era como si hubiera viajado a otra época en el túnel del tiempo, por ejemplo al medioevo, donde la tortura, los encarcelamientos arbitrarios en mazmorras infrahumanas y el despotismo eran consustanciales con la época. En un momento dado, cuando le pregunté si le vigilaban, me mostró desde la ventana a dos hombres apostados frente a la casa que le acechaban día y noche. Sentí preocupación por si nos habrían visto entrar, a pesar de ser noche cerrada, y si ello podría acarrearle algunas consecuencias. Me confirmó que nada escapaba a los ojos de sus vigilantes y que por supuesto sabían que estábamos allí, pero que no le preocupaba en absoluto, mientras me tranquilizaba exonerándome de cualquier responsabilidad. Aun así pensé en las consecuencias y si ello sería motivo para que le detuvieran nuevamente. Le escuchaba con atención y respeto, procurando que mi indignación no se notara para evitar una mayor preocupación a Elsa y a Óscar, pero en todo momento era consciente de la singularidad del momento y de que me encontraba ante un hombre excepcional. La falta de libertad, la penuria económica, la prohibición de trabajar, las detenciones continuas y aleatorias, la reclusión en la propia casa, las cosas que escuchaba, … todo me parecía mentira y surrealista. No podía creer lo que estaba escuchando y que eso pudiera pasar a finales del siglo XX donde la libertad era una conquista histórica asentada en los países civilizados. Verdaderamente me encontraba frente a una situación tan excepcional que me parecía imposible e incluso delictiva.

 

Antes de despedirnos le pregunté si podía hacer algo por él, y sin dudarlo un segundo me pidió libros. ¿De medicina? inquirí, y me respondió: – “de cualquier cosa, el caso es leer”. Lo recuerdo perfectamente mientras volvía de nuevo a sorprenderme esa petición que confirmaba otra vez más la sinrazón de ese estado de cosas en Cuba y también la avidez de Óscar por leer, como si en la lectura encontrara el alimento intelectual que necesitaba para subsistir. A la mañana siguiente  averigüé donde había alguna librería y fui presto con Isabela a cumplir el encargo que más me apetecía satisfacer. En el primer establecimiento sólo había libros usados y en mal estado de medicina y, paradójicamente, también de derecho, – yo soy abogado -, por lo que pregunté por otra librería más generalista. La segunda era más grande y tenía libros más variados, pero exenta de novedades y de autores actuales. Más bien al contrario, y a causa de la censura, la librería sólo ofertaba libros perfectamente escogidos: “Fidel y la Revolución”, “La Revolución y Fidel”, Castro y el Che”, “El Che y Castro”. Por supuesto son títulos inventados pero muy aproximados a lo que allí había. Había otra sección dedicada a agricultura y a otras materias profesionales que no venían al caso, hasta que encontré la sección de literatura y empecé a rebuscar. Todos los autores eran comunistas y por tanto del agrado del régimen: García Márquez, Neruda, Alberti, García Lorca, etc. cuya calidad literaria no discuto, pero no eran los más sugestivos dada la situación, así es que seguí rebuscando hasta dar con algunos libros de autores españoles del Siglo de Oro. No recuerdo exactamente cuales compré, pero creo que uno de ellos fue de Cervantes, posiblemente las Novelas ejemplares, otro de Quevedo y otros dos libros más de autores clásicos de la literatura española, más un quinto que recuerdo perfectamente porque me chocó encontrarlo allí. Seguramente se le debió escapar a la censura. Se titulaba “Y al tercer día resucitó” de Fernando Vizcaíno Casas, abogado y escritor, enormemente ingenioso y divertido, que contaba en clave de humor el susto de los socialistas y comunistas españoles ante la resurrección de Franco. Por supuesto que ese autor, que escribió otras sátiras políticas sobre la realidad española durante la transición política, sobre todo contra los políticos socialistas de la época de Felipe González, era de derechas, por lo que encontrarlo en aquella librería fue una casualidad inesperada. Seguramente que Óscar pasaría un buen rato leyéndolo, como también lo pasé yo quince años atrás. Desgraciadamente no hubo una nueva oportunidad para preguntárselo.

 

Ese mismo día volvía a casa de Óscar por la tarde para llevarle los libros y me fijé en los policías de paisano que acechaban el domicilio. Poder entregar esos libros a Óscar y cumplir con su deseo fue tan gratificante … Repasé con él cada uno de los títulos y justifiqué la compra de aquellos libros ante la imposibilidad de poder adquirir literatura más actual, pero tenían calidad y contenido y continúan siendo un referente de la mejor literatura universal en lengua española. Mención aparte mereció el libro de Vizcaíno Casas explicándole los pormenores de ese autor, de sus actividades profesionales como abogado laboralista y también de actores de cine y teatro, de su obra, de la fama y prestigio que tenía en España, de su popularidad y reputación como conferenciante, siempre ameno y divertido, y de la expectación que producía cuando era invitado a un programa de radio o televisión, y naturalmente del contenido del libro, augurándole que disfrutaría leyéndolo. Comentamos la farsa del régimen castrista acerca de la cultura e instrucción de la que tanto presume cuando en realidad, tras terminar los estudios escolares o universitarios, nadie podía volver a leer un libro dado su elevado coste. Cada uno de los libros costaba casi tanto como el sueldo de un médico y tres veces más que el sueldo mensual de un obrero. Con esos precios, ¿quién podía leer? Además, a causa de la censura tampoco podían encontrarse libros de autores actuales, aunque fuera una inocente novela, ni leer ensayos o filosofía con las corrientes de opinión en boga. También le expresé mi estupefacción cuando ojeé los libros de los escolares más pequeños ilustrados con dibujos del Fidel y del Ché, carros de combate y niños armados prestos a defender a Cuba del imperialismo, sin olvidar los slogans políticos tan del gusto del régimen. Con esas cartillas aprendían a leer los escolares más inocentes. Óscar asentía y me hablaba con sencillez, sin alharacas ni voces altisonantes, sobre la necesidad de mantenerse firmes frente al régimen y de no cejar en su compromiso. Y todo ello sin emplear la violencia. Me recordó a Mahatma Gandhi y así se lo comenté. Óscar también le admiraba e insistió que era la única manera de actuar, incluso aceptando la cárcel si fuera necesario para cambiar las leyes, como decía Martin Luther King, pues de ambos personajes, junto al Dalai Lama, era gran admirador.

 

Me despedí de Óscar y de Elsa con gran emoción, consciente de que ya no les volvería a ver y de que Óscar sería nuevamente encarcelado. Cuánta rabia e impotencia sentí en aquellos momentos. Poco tiempo después, tras mi regreso a España, Mª Paz me comunicó su nuevo encierro. (Fue detenido el 3 de noviembre y condenado a tres años de cárcel de la que salió el 31 de octubre de 2002). ¿Sería en esta ocasión por mi culpa? Sentí vergüenza por la libertad de que disfruto y desde entonces no he dejado de recordarle.

 

También me enteré de que habían detenido a Marisela Pompa e Isabel Pino, cuyos nombres cito porque sé que ahora están a salvo en Estados Unidos. ¡Qué dos mujeres aquéllas! Qué ejemplo también de valentía, pundonor y dignidad. Es decir, detuvieron a todas las personas con las que tuve contacto, por lo que no pudo llevarse a cabo la manifestación, y sentí remordimiento y una tristeza infinita. También supe después que la policía tuvo conocimiento de todo lo que hice en Cuba, y de que mi nombre y el de Isabela figuran en la lista de personas non gratas, por lo que supongo que no me concederían de nuevo el visado para regresar a Cuba. Confieso que fui un ingenuo y que mis condiciones de espía dejaron mucho que desear.

 

Una noche, escuchando en la radio una entrevista a Léster González, uno de los primeros presos políticos llegados a España durante el mes de julio de 2010, manifestaba su esperanza de que los últimos presos de la Primavera Negra de 2003, encarcelados durante el mes de abril, fueran liberados pronto, según le había comunicado el cardenal Ortega que andaba esos días por España. (Concretamente la condena de Biscet era de 25 años). Han tenido que transcurrir algunos meses más a causa de la exigencia de Biscet de quedarse en Cuba, – nueve meses de propina voluntaria que se dice pronto -, pero felizmente ya es una realidad y ha sido liberado el sábado 12 de marzo de 2011 tras ocho años de cárcel, enfermedades, torturas y celdas de castigo.

 

Durante la madrugada del 16 de marzo, un impulso vital me movió a llamar por teléfono a mi añorado y épico amigo Óscar. Para mi sorpresa lo primero que me dijo fue que en ese momento estaba leyendo mi artículo de felicitación por su liberación publicado en la website de ASOPAZCO que le había enviado previamente. La magia de la vida quiso que doce años después de nuestro encuentro en La Habana se entrecruzaran de nuevo nuestros pensamientos y coincidieran en ese mismo instante. Estuvimos charlando algo más de veinte minutos durante los cuales se fue diluyendo mi angustia de estos años atrás mientras constataba que todo volvía a la normalidad. Su ánimo sigue entero e inquebrantable al desaliento. Confiemos que con menores consecuencias que en el pasado. Al menos Biscet ya está en casa de nuevo.

 

 

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Debate

1 Respuesta

  1. Maria Benjumea dice

    Muy emocionante y descriptivo el relato, Enrique. Que tenga suerte el Dr. Biscet y le dejen vivir, y que le otorguen el Nobel.

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