Viva Zapata

Por Mary Anastasia O’Grady

Se suponía que el anuncio que Cuba hizo el mes pasado de que liberará a 52 prisioneros políticos actualmente encarcelados ayudaría a reparar la imagen internacional del régimen tras la muerte de Orlando Zapata.

La estrategia no está funcionando. Los 21 que ya fueron puestos en libertad y llegaron a España están relatando el infierno que es la Cuba dirigida por Castro. Y al menos 10 se rehusan a salir del país. El espíritu de Zapata vive.

En diciembre de 2009, Zapata, que llevaba casi siete años pudriéndose en una celda de una prisión infestada de ratas y sufriendo continuas torturas, emprendió una huelga de hambre en nombre de todos los prisioneros de conciencia de Cuba. Estaba protestando no sólo por el encarcelamiento injusto de disidentes pacíficos, sino también por la crueldad dentro de los calabozos. El régimen intentó desesperadamente doblegar su resistencia, incluso negándole agua durante un tiempo. Eso condujo a una falla renal y, finalmente, a su muerte el 23 de febrero.

El fallecimiento de Zapata desató la indignación internacional y, el 7 de julio, el régimen cedió ante la presión. Accedió a liberar a los periodistas independientes, escritores y defensores de la democracia que fueron encerrados en 2003 durante la operación contra la oposición conocida como la Primavera Negra.

No obstante, solamente los más crédulos podrían interpretar la forzada conformidad de Castro como un respiro en la tiranía. En su lugar, se trata de una cínica treta para limpiarle la cara a la dictadura y, también, de un intento de recuperar decoro para los políticos del mundo que defienden a los Castro, como el ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos. Nadie entiende eso mejor que los ex prisioneros.

Los que fueron enviados a España no han ocultado su felicidad por haber salido de las cárceles de Cuba. “No hay palabras para describir con justicia lo asombrado y entusiasmado que estaba cuando me vi libre y de nuevo junto a mi mujer y mi hija”, dijo Normando Hernández González al Comité para la Protección de Periodistas, en una entrevista telefónica. Sin embargo, Hernández, un periodista independiente, tampoco ha escatimado en palabras sobre la represión cubana.

En una entrevista con Radio República, una emisora de Miami, habló sobre el período “inenarrable” que pasó en la cárcel. “Es el crimen sobre el crimen, el odio visceral del régimen castrista para toda aquella persona que disiente de ellos pacíficamente. Es una experiencia única en la vida que no se la deseo a mi peor enemigo”, aseveró.

El régimen trató de arreglar a los ex prisioneros vistiéndolos con pantalones cuidadosamente planchados, camisas blancas y corbatas. Pero llevaron historias de terror. El miércoles llegó a Miami Ariel Sigler, un líder sindical que ingresó en prisión hace siete años siendo un hombre sano y que ahora está confinado a una silla de ruedas.

Estos recordatorios gráficos de la retorcida mente de Castro han sido negativos para la agenda más amplia de Moratinos, que consiste en utilizar la puesta en libertad de los prisioneros para convencer a la Unión Europea para que abandone su “posición común” hacia Cuba. Adoptada en 1996, dice que la UE busca “en sus relaciones con Cuba promover el proceso de transición a una democracia pluralista y el respecto de los derechos humanos y libertades fundamentales, al igual que una recuperación y mejoramiento sostenible de los estándares de vida de los cubanos”. El deseo de Moratinos de ayudar a Fidel a acabar con la posición común es una fuente de exasperación entre muchos disidentes cubanos.

Los ex prisioneros también resienten su exilio después de, como dice Hernández, “un secuestro de siete años”. Así le explicó a Radio República: “Lo lógico sería ‘Sí, me vas a dar la libertad. Dámela para mi casa. Dámela para no separarme más de mi hermana, de las personas de mi familia, mi pueblo, de mis vecinos'”. Pero en su lugar, cuenta que fue “prácticamente obligado” a ir a España a cambio de poder salir de la cárcel y conseguir atención médica para su hija y para él mismo.

Las horrorosas condiciones de las cárceles de Cuba no son un secreto. En sus escalofriantes memorias Contra toda esperanza (1986, 2001) el ex prisionero Armando Valladares describe la brutalidad que sufrió de primera mano como prisionero de conciencia durante 22 años. Un flujo consistente de exiliados ha hecho eco desde entonces de sus acusaciones. Pero otro matiz de la crueldad es más difícil de comprender: durante medio siglo, el régimen ha dejado salir a los prisioneros políticos sólo si acceden a firmar un papel en el que reconocen que han sido “rehabilitados”, o cuando el régimen está bajo presión, si acceden a dejar la isla. Deshacerse de prisioneros con mucha fuerza de voluntad, a la vez que reciben una palmada en la espalda por su “liberación”, ha sido la treta de Castro.

Ahora algunos prisioneros se están negando a jugar el juego. Diez de los 52, entre ellos Óscar Elías Biscet, famoso por su pacifismo, no aceptarán el exilio como una condición de la liberación. Estas almas valientes siguen encerradas.

Desde luego, si son liberadas y autorizadas a quedarse en casa, es muy probable que vuelvan a cometer esos mismos ‘crímenes’ que los llevaron a la cárcel la primera vez. Un peligro especialmente trascendental para los disidentes es el artículo 72 del Orwelliano código penal de Cuba, que dice: “Se considera estado peligroso la especial proclividad en que se halla una persona para cometer delitos, demostrada por la conducta que observa en contradicción manifiesta con las normas de la moral socialista”.

Los disidentes cubanos aseguran que hay cientos, tal vez miles, de prisioneros encerrados por esta clase de delitos. Nadie lo sabe a ciencia cierta. Pero sacar del país a unos cuantos no califica como un paso hacia un gobierno civilizado. La memoria de Zapata exige mucho más.

The Wall Street Journal. 2 de agosto de 2010
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