DAMAS DE BLANCO

Por Mari Paz Martínez Nieto*

Estoy segura de que mi articulo no será políticamente correcto, es más, creo sinceramente que será tachado de antirreligioso por muchos. Nada más lejos de mi intención que ofender a la Iglesia y, sobre todo, a sus fieles, pero con cierta perplejidad me he asomado hoy a las noticias para comprobar que la benevolencia del Cardenal Ortega, y de toda la jerarquía eclesial en Cuba, ha satisfecho plenamente las conciencias de muchos, que aplauden, como lo ha hecho la prensa, la intervención del Cardenal Ortega para que las Damas de Blanco pudieran desfilar este domingo por las calles de La Habana.

Curiosa actitud esta de agradecer que unas ciudadanas en su propio país necesiten permiso para andar por sus calles, armadas de un lirio en la mano y vestidas de blanco camino de su iglesia, nada menos que por la intermediación del Sr. Cardenal de La Habana.

Mucho más curiosa la displicencia con la que enfrentan estas autoridades eclesiásticas la terrible situación de Reyna Luisa Tamayo, la madre del ultimo mártir de Cuba, Orlando Zapata Tamayo, y está pasando totalmente inadvertida a la opinión publica.

El Arzobispo de La Habana, Cardenal Jaime Ortega, conversa con la prensa en La Habana, para comentar sobre la mediación de la Iglesia Católica ante el Gobierno de Raúl Castro, que permitió que las Damas de Blanco, familiares de opositores cubanos encarcelados en 2003, marcharan de forma pacífica. (Foto EFE)

Siete años, siete, han pasado desde que estas mujeres vieron como sus esposos y sus hijos eran encarcelados y condenados por el simple hecho de defender derechos y libertades fundamentales. Alguno de ellos hasta encontró la muerte.

No sé que habrán pensado estos hombres desde sus mazmorras cuando se hayan enterado de que la libertad para desfilar pacíficamente mientras claman por su libertad ha necesitado en La Habana de la mediación del Cardenal Ortega, para que sus madres y esposas no fueran golpeadas, insultadas, o metidas en un autobús como si de ganado se tratase.

Orlando Zapata no puede opinar, pero ¿qué pasará por la cabeza de Reyna Luisa cuando vea que a Banes no llega la mediación misericordiosa del Cardenal Ortega y su Iglesia?

Al Cardenal Ortega se le pidió tantas veces su mediación para lograr la libertad de los presos de conciencia en Cuba, sin que jamás obtuviéramos resultado alguno, que este permiso otorgado a las Damas de Blanco no puede por menos que sorprendernos. Yo misma le escribí decenas de veces durante la huelga de hambre de Alfredo Mustelier. Le escribí cuando dos muchachos cubanos llegaron muertos en el tren de aterrizaje de un avión de Iberia; lo hice para que ayudase a la viuda de uno de ellos a la que, dos meses después del triste suceso, y con solo diecisiete años, le nacería un hijo en situación muy precaria. Le escribí antes de que el Papa Juan Pablo II visitase la isla, para que pusiera en conocimiento del Santo Padre la dificultad de los presos políticos cubanos para ejercer su religión o simplemente a tener una Biblia en sus celdas. Nunca jamás recibí una sola nota de su Eminencia, ni de ningún miembro de su iglesia. Ahora dice el Cardenal que no es una posición flexible la adoptada por el Gobierno de Cuba respecto a las Damas de Blanco. Significa, dice su Eminencia con cierto titubeo al no encontrar las palabras exactas, ….un paso distinto.

Esta bien, un paso distinto …al fin y al cabo, se hace camino al andar. Pero el camino de las Damas no debe estar cercado, ni vigilado, ni señalada su ruta, ni impedido que a su paso se le sumen las damas de apoyo, o quien desee marchar a su lado. El paso distinto es el que debe proteger a Reyna Luisa en Banes, reclamando justicia para su hijo Orlando. Y todos los pasos, distintos o conocidos, solo tienen un camino: el que lleva a la libertad de todos los presos de conciencia en Cuba. Entonces, ya no necesitarán las Damas de Blanco o Reyna Luisa Tamayo, ni permisos ni protección. Mientras esto no ocurra, lo único que demuestra la dictadura cubana es que quiere tener la sartén por el mango, y el mango también.

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